Todos amamos tanto a Jesús, que lo compartimos con los demás
Una Visión Pastoral para la Diócesis de Charlotte
Obispo Michael T. Martin, OFM Conv.
Febrero de 2026
“El corazón del Evangelio es el amor de Dios que nos hace hermanos y hermanas”.[1]
Haciendo eco de la poderosa invitación del Papa León XIV al inicio de su pontificado, yo también me siento bendecido de poder celebrar, junto con todos los fieles de la Diócesis de Charlotte, la verdad del amor de Dios por nosotros y la alegría de compartir ese amor con todos los que encontramos. En un mundo cargado de incertidumbre, es importante que se nos recuerde nuestra identidad esencial como amados de Dios, una identidad que nos capacita para amar a los demás. El apóstol Juan nos recuerda que “nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Juan 4,19) y que “este es el mandamiento que tenemos de él: quien ama a Dios, ame también a su hermano y a su hermana” (1 Juan 4,21). Al dirigirse a los jóvenes, el Santo Padre lo expresó bellamente: “Reconocemos que, aunque no hacemos nada para merecer el amor de Dios, Dios, en su generosidad, continúa derramando su amor sobre nosotros. Y al darnos su amor, solo nos pide que seamos generosos y que compartamos con los demás lo que él nos ha dado”.[2]
Desde que llegué por primera vez para servirles como su obispo, muchos me han preguntado cuál es mi visión para nuestra diócesis. Está expresada en esta afirmación sencilla:
Todos amamos tanto a Jesús, que lo compartimos con los demás.
Estas pocas palabras describen mis oraciones y esperanzas para la Iglesia Católica en el oeste de Carolina del Norte. Deseo que sirvan de inspiración y guía para la manera en que encarnamos nuestra fe en todo lo que somos y hacemos aquí en nuestra diócesis. No se trata necesariamente de algo nuevo, sino que se apoya en mucho de lo que ya está sucediendo. Desde las montañas hasta el Triad y el área metropolitana de Charlotte, la gracia de Dios está viva y da frutos en nuestras parroquias, escuelas, ministerios universitarios y obras de caridad. Lo que ustedes han hecho al decir sí a la invitación de Jesús de “ven y sígueme” es un testimonio para nuestro mundo de lo que puede ser la verdadera libertad en Cristo. ¡Alabado sea Dios por su fidelidad y su amor! Aprovecho este momento para invitarnos a todos a afinar nuestra propia visión y responder más profundamente al llamado de Cristo.
Al proponer esta visión, sigo los pasos de los Papas recientes, quienes han subrayado la necesidad de una nueva evangelización. Esta visión también se nutre de lo que he aprendido al visitar muchas parroquias y comunidades de la diócesis, al reflexionar sobre los frutos del proceso sinodal diocesano, al trabajar con los resultados de las encuestas y entrevistas del Instituto de Liderazgo Católico, y al consultar con líderes diocesanos, expertos laicos, religiosos y sacerdotes. Estoy profundamente agradecido por toda la ayuda recibida en el camino. Por ello, ofrezco, como su obispo, una visión para la Diócesis de Charlotte que nos ayude a crecer en la fe, planificar el futuro y administrar bien nuestros recursos.
El Momento Actual: Un Llamado Claro a la Acción
Nos encontramos en un momento único en la vida de nuestra diócesis, en el que podemos unirnos para marcar una diferencia en el futuro de la Iglesia Católica en el oeste de Carolina del Norte. A continuación, presento algunos rasgos clave de nuestra vida diocesana que reflejan “los signos de los tiempos” que han surgido durante este proceso:
- Nuestra fe católica continúa dando abundantes frutos en nuestra región, poniendo de relieve el amor incondicional de Dios por nosotros.
- Nuestro mayor capital son las personas; y aunque el desarrollo de propiedades es necesario, la inversión real debe hacerse en el desarrollo humano, especialmente en la formación de discípulos misioneros en nuestros hogares.
- El oeste de Carolina del Norte crece rápidamente y, aun en medio de las dificultades reales que enfrentan muchos, contamos con importantes recursos financieros.
- Una población hispana en crecimiento está llamada a desempeñar un papel significativo, acorde con su tamaño y con una realidad cultural distinta a la de sus países de origen.
- Ver a más católicos en las iglesias de nuestra diócesis es alentador, pero a veces puede ocultar la realidad subyacente de la desvinculación eclesial, la apatía espiritual y una formación en la fe insuficiente para el discipulado católico del siglo XXI, aquí como en el resto del país.
- El testimonio de tantos durante el huracán Helene fue extraordinario; sin embargo, aún no hemos capacitado plenamente a los laicos católicos de nuestra diócesis para que asuman como propia a Caridades Católicas como el principal brazo local de acción social diaria de nuestra Iglesia.
- Las distancias dentro de nuestra diócesis son una bendición, pero también un desafío que puede dificultar nuestra plena comunión como Cuerpo de Cristo, invitándonos a conectar más allá de los límites parroquiales.
- Muchos se sacrifican generosamente por Cristo en la Iglesia, y aun así los medios financieros con los que operan demasiadas de nuestras parroquias – y el conocimiento de lo que cuesta ser una comunidad de fe saludable – son insuficientes para responder a nuestra realidad económica, con una mentalidad transaccional de la cultura que permea gran parte de nuestra manera de dar.
Este puede ser un momento decisivo en nuestra diócesis, en el que construimos sobre las bendiciones del pasado y abrazamos el presente con un compromiso renovado con la vida del Espíritu Santo en medio de nosotros.
Con frecuencia concebimos y vivimos nuestra pertenencia a la Iglesia como una simple afiliación basada en nuestro acuerdo con ciertas creencias o en la participación en algunas actividades. Eso es necesario, pero no suficiente. Pertenecemos al Cuerpo de Cristo por el don recibido en el bautismo, un don que Dios nos confía para nuestro bien y el de todo el mundo. Por ello, la fe debe permear la totalidad de nuestras vidas, para que podamos experimentar el poder de la gracia de Dios en todos los aspectos de nuestra existencia, especialmente en aquellos donde estamos más heridos y necesitados de sanación. Por eso los invito a transformar todas nuestras familias, parroquias, programas de formación en la fe, ministerios, asociaciones, escuelas, campus, comunidades religiosas y oficinas diocesanas en lugares donde:
Todos amamos tanto a Jesús, que lo compartimos con los demás.
Caminos de conversión
¿Cómo sería la Iglesia en el oeste de Carolina del Norte si encarnáramos esta visión? ¿Cómo cambiaríamos como personas y comunidades al acercarnos más a Jesús y crecer en nuestro anhelo por anunciarlo al mundo? Las riquezas de la Sagrada Escritura, la tradición católica, la vida de los santos y el magisterio reciente pueden ayudarnos a meditar sobre lo que necesitamos para amar a Jesús y compartir su amor con los demás. Aquí quiero proponer tres aspectos que parecen especialmente importantes en este momento. Considérenlos como tres prioridades hacia las cuales debemos orientar nuestra atención y nuestros recursos, tanto a nivel personal como diocesano. Más aún, son caminos de conversión destinados a ayudarnos a crecer en unidad con el Señor y entre nosotros, convirtiéndonos en la levadura que el mundo necesita.
I. Formar Discípulos Misioneros
Con frecuencia nos consideramos creyentes, pero el Señor nos invita a ser discípulos: personas que lo aman con todo su corazón, alma y mente. Jesús llamó y formó a sus discípulos atrayéndolos hacia sí y cultivando una relación íntima con ellos. Los Evangelios distinguen entre la multitud que escuchaba ocasionalmente su predicación y los hombres y mujeres que lo seguían de cerca, permitiendo que toda su vida fuera transformada por el encuentro con él. Del mismo modo, nosotros necesitamos dejarnos sumergir en la relación con Jesús. No se trata de añadir obligaciones a agendas ya cargadas, sino de permitir que Cristo impregne y redima cada aspecto de nuestra existencia.
La transformación que Jesús realiza en nosotros nos llena de la pasión y la certeza necesarias para anunciarlo a otros en nuestra vida personal, familiar, social e incluso profesional. Pero todo esto exige conversión. Acoger al Señor en nuestros corazones, familias y comunidades requiere sacrificio y compromiso. Debemos apartarnos de una mentalidad egoísta y mundana que a menudo se filtra en nuestras vidas, para dar espacio a prácticas y relaciones que renueven la gracia de Dios en nosotros y nos permitan conocerlo, amarlo y servirlo mejor. La Iglesia está llamada a ser “un arca de salvación que navega por las aguas de la historia y un faro que ilumina las noches oscuras de este mundo… no tanto por la magnificencia de sus estructuras o la grandeza de sus edificios… sino por la santidad de sus miembros.”[3] Invirtamos nuestro tiempo y recursos en convertirnos en discípulos misioneros: personas que se acercan a Jesús, experimentan la plenitud de vida que brota de su gracia sanadora y desean compartir esa plenitud con todos.
II. Convertirnos en la familia de Dios
Jesús invita a todos a descubrir que son hijos e hijas amados de Dios. Por ello, la Iglesia está llamada a convertirse en la familia de Dios, donde encontramos, experimentamos y somos transformados por el amor de Cristo. “Como yo los he amado, así también ámense unos a otros” (Juan 13,34). Este amor transforma la vida entera de una persona y, por la gracia de Dios, nos impulsa a renovar todas nuestras relaciones. Como enseña san Pablo, ya “no somos extranjeros ni forasteros”, sino “ciudadanos con los santos y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2,19).
Quienes somos miembros del Cuerpo de Cristo debemos convertirnos en las piedras vivas que conforman la casa de Dios. En la familia de Dios, las personas se perdonan para sanar relaciones rotas, son humildes y dispuestas a escucharse mutuamente, y dan pasos concretos para ser signo de unidad y comunión. Las familias viven como iglesia doméstica, donde los padres transmiten la fe a sus hijos con sus palabras y acciones, creando un terreno fértil que abre el corazón de los niños a Dios y permite que crezca su vocación como discípulos cristianos. Las parroquias acogen, alimentan y permiten que todos experimenten pertenencia, sanación y conexión que superan las barreras de clase, raza, nacionalidad e idioma. Los programas de formación en la fe, los grupos juveniles, las escuelas católicas y los ministerios universitarios toman en serio los deseos y preguntas de las personas y las acompañan en su camino hacia la libertad y la felicidad auténticas mediante el encuentro con Cristo. Toda la Iglesia se transforma en la comunidad de “quienes viven en armonía con sus hermanos y hermanas y aman a su prójimo.”[4]
Para convertirnos en la familia de Dios, debemos alejarnos de una mentalidad pasiva y consumista que delega la responsabilidad personal y ve a la Iglesia solo como un lugar al que acudimos para recibir algo. Estamos llamados a asumir la responsabilidad de nuestro propio camino de fe y de la formación de quienes se nos han confiado, a ser anfitriones en la Iglesia y no solo invitados, y a servir más que a ser servidos. Cuando vivimos la Iglesia como una extensión de nuestras familias, cambia nuestra manera de entender el tiempo, el talento y el tesoro, porque los ponemos al servicio del llamado de Cristo. En lugar de suponer que las necesidades de los más vulnerables ya están siendo atendidas por otros, nuestros corazones se conmueven por el deseo de asegurarnos de que nuestros hermanos y hermanas necesitados sean cuidados. Al fortalecernos mediante relaciones de amor que nos impulsan a servir, asumiremos mayor responsabilidad tanto en los ministerios parroquiales como en Caridades Católicas y Servicios de Ayuda Católica. Liberémonos de una visión basada en la escasez – en la que damos solo lo que sobra o lo que nos beneficia personalmente – y recordemos que cada persona “ha recibido un don” y debe “ponerlo al servicio de los demás como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4,10).
III. Salir a proclamar el Evangelio
“Como el Padre me envió, así también los envío yo” (Juan 20,21). El mandato de Jesús no es solo para unos pocos. Por el bautismo, todo católico participa de la misión profética de Cristo y está llamado a proclamar el Evangelio con palabras y con obras. El don de una intimidad profunda con el Señor y la tarea de anunciar la Buena Nueva son inseparables. La salvación nunca es solo un asunto individual, ni se trata principalmente de buscar refugio para uno mismo. El camino de la salvación nos conduce necesariamente a la vida de los demás, como testigos humildes y alegres que desean decirle al mundo: “¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! ¡Escuchen su oferta de amor y conviértanse en su única familia: en el único Cristo, somos uno!.”[5]
Sin embargo, las palabras no bastan. “En esto conocerán todos que son mis discípulos: si se aman los unos a los otros” (Juan 13,35). Es el esplendor de vidas formadas por la caridad, llenas y ordenadas por el amor incondicional de Jesús que sana y transforma, lo que atrae a las personas a la fe. Hombres y mujeres llenos de amor a Dios y al prójimo, portadores de la luz del Evangelio en todos los ámbitos: eso es lo que nuestra sociedad necesita urgentemente hoy. Jesús nos llama a ser un testimonio contracultural frente a los valores del mundo. Con demasiada frecuencia hemos sido formados por las lógicas del mundo y los algoritmos de las redes sociales y de los medios que cancelan al “otro” en lugar de buscarlo con amor. Estamos llamados a romper con una mentalidad polarizada y confrontativa, a mostrar alegría y paz en medio de los desafíos y el sufrimiento, a vivir un compromiso con la dignidad sagrada de cada persona y a manifestar las virtudes que hace posibles el don del Espíritu Santo. Proclamemos el Evangelio con toda nuestra vida. Convirtamos nuestras comunidades en lugares de apoyo para quienes dan testimonio de su fe en el mundo. Organicemos todas nuestras oficinas y ministerios para que los discípulos misioneros puedan salir y estar más presentes en todos los rincones de nuestra extensa diócesis y entre quienes más lo necesitan.
Discernir el llamado del Señor
Los invito a reflexionar en oración sobre esta visión para nuestra diócesis:
Todos amamos tanto a Jesús, que lo compartimos con los demás.
Piensen en las tres prioridades que he señalado y pidan al Espíritu Santo que les muestre qué pasos pequeños y concretos pueden dar para vivirlas mejor. Disciernan cómo el Señor los llama a ser discípulos misioneros en las circunstancias cotidianas de su vida, exploren las oportunidades de formación y crecimiento espiritual que tienen a su alcance y busquen familiares, amigos y mentores con quienes puedan caminar en este proceso de conversión.
Si forman parte de un ministerio, grupo pequeño, fraternidad, sociedad apostólica, asociación laical, orden religiosa u otra organización vinculada a la fe, encuentren maneras de que su comunidad aprenda de esta visión y prioridades diocesanas y continúe sirviendo a la Iglesia local y a su misión. Si trabajan en alguna de nuestras parroquias, escuelas, ministerios universitarios u oficinas diocesanas, o si ejercen algún liderazgo pastoral, incorporen esta visión y prioridades en su planificación y reflexionen sobre cómo pueden fortalecer y ampliar su ministerio. Deseo que cada uno permita que su creatividad y la fuerza del Espíritu Santo los guíen para imaginar una realidad donde el Reino de Dios se haga presente aquí en la tierra, encarnado en nuestra vida diaria con todas sus alegrías y desafíos. Jesús quiere atraer a cada uno de nosotros cada vez más cerca de él, para que experimentemos su amor sanador y se despierte en nosotros el deseo de que amigos, vecinos, compañeros de trabajo, familiares e incluso desconocidos puedan conocer también esta Buena Noticia.
Me llena de esperanza el futuro de la Iglesia Católica en el oeste de Carolina del Norte, ya que todos somos llamados a “remar mar adentro para la pesca”, incluso después de haber trabajado toda la noche (Lucas 5,4). Agradezco profundamente las oraciones que me han brindado mientras procuro responder al llamado de Dios a servirles como su obispo, es decir, como su principal discípulo misionero. Sepan que los tengo presentes en mis oraciones y en mi afecto, mientras juntos abrimos nuestras mentes, corazones y voluntades, para que…
¡Todos amamos tanto a Jesús, que lo compartimos con los demás!
Michael T. Martin, OFM Conv.
Obispo de Charlotte
[1] León XIV, “Homilía para la Misa de inicio del pontificado”, 18 de mayo de 2025.
[2] León XIV, “Mensaje en video a los jóvenes de Chicago y de todo el mundo”, 14 de junio de 2025.
[3] León XIV, “Homilía para la Misa Pro Ecclesia”, 9 de mayo de 2025.
[4] León XIV, “Misa de inicio del pontificado”, citando los Sermones de san Agustín, 359,9.
[5] León XIV, “Misa de inicio del pontificado”.